Lo llevé al gimnasio y le hice hacer distintos tipos de ejercicio. Fui como una especie de personal trainer. La sesión fue buena. Me la agradeció.
Al día siguiente, y dada su habitual inactividad, presumí que iba a presentar algunos dolores musculares. Le pregunté: “¿te duele algo?”. “Sí”, me dijo entusiasmado. “¿Qué? ¿Los brazos? ¿Las piernas? ¿Los glúteos? ¿El abdomen?”. “No, el cuello”.
San Juan, Puerto Rico, abril 2009
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