
2007-11-09
2007-10-13
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Alguien me había contado que ella tuvo serios problemas con su compañero de cuarto, allá en Nueva York.
El tipo era un borracho perdido, demente, un verdadero peligro, incluso había intentado violarla una vez.
Cuando la conocí, surgió el tema de su salida de dicho apartamento compartido.
Yo hice como que no sabía nada, y le pregunté por qué había sido.
Ella no podía decirme que su ‘roommate’ era un ‘fucking drunkard’ o un ‘crazy bastard who had tried to rape her’.
Ella se vio muy gringa ‘politically correct’, y se limitó a decirme:
“My roommate had a drinking problem”.

Originalmente les decían: “paralíticos”.
Luego se entendió que la palabra era, además de chocante, inapropiada, entonces se empezó a decir “lisiado”.
Y como en todo, con el afán de mejora permanente, vino luego una seguidilla de términos que se fueron sucediendo así:
- “inválido”El jueves pasado, en una entrevista por TV a un licenciado que hablaba sobre el tema de la discriminación a las personas con este tipo de problemas, el entrevistado, en su afán por mantenerse políticamente correcto, se refirió a ellos como “personas con discapacidades diferentes”.
- “minusválido”
- “discapacitado”
- “persona con capacidades diferentes”
No podemos juzgarlo, realmente está fácil confundirse, ¡sobre todo con el nervio de la entrevista por TV!
Para su información: la nueva es “personas con capacidades no aparentes”.
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2007-10-11
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No hacía más de 5 minutos que estábamos hablando con estas dos chicas españolas, que acabábamos de conocer en ese mismo restaurant.
De repente mi compañero les pregunta a quemarropa:
“¿Ustedes son lesbianas?”
Las chicas no quieren verse mojigatas ni declararse ofendidas. Una de ellas decide salir al ruedo y le dice:
“¿No puedes decirlo con sólo mirarnos?”
Mi compañero levanta las cejas excusándose y argulle:
“Creo que es muy pronto para intuirlo”.

Así rezaba la publicidad de la pizzería a la que fuimos en Nápoles:
"La única y antigua familia de 21 hijos todos pizzaioli" (los que hacen las pizzas)
Lejos de admirarme, no pude evitar sentir lástima por ellos.
¡Qué hueva de gente!
¿De qué chingados hablan cuando se juntan?
No hay ni un doctor, ni un abogado, ni una secretaria... ¡Todos pizzaioli!
Un atentado a la evolución de la especie.
2007-07-20

Eran un joven y una señora. Estaban en el metro. Hablaban indígena.
- Juana vichi yana vichi - decía ella.
Qué interesante, pensé.
- Juana vichi yana vichi - repitió.
Siempre, en un idioma desconocido, parece que la gente dice algo interesante.
Ellos tenían ropa típica, colores vivos, indumentaria cómoda. ¿De qué pueblo perdido vendrían?
El joven se deja convencer por la señora. Abre su morral y saca una Coca-Cola de 600 ml, empezada, y se la muestra.
Ella insiste:
- ¡Tojuana vivi vichi!
Hasta que él saca otra botella igual, con un poco más de líquido. Ella sonríe y se la arrebata de las manos.
Los dos beben; cada uno de la suya.


Junto a mí conversaban dos señoras, y decían que a la chica "le había dado el surmenage".
Recordé entonces todas las historias que de niño mi mamá y algunas amigas (más grandes que yo) me habían contado sobre el dichoso surmenage.
Ahora a todo el mundo le da por la 'depresión' y la 'ansiedad'.
Creo que el surmenage sonaba mucho más lindo; tenía estilo.
Hay que volver a ponerlo de moda.

Un día en mi camino a la oficina, mientras salía del metro, me las crucé.
No quise ni imaginar qué deprimente pudo haber sido su momento.
Ellas, abrazadas como su último recurso, recién acabadas de salir del llanto.
De fondo sonaba el organillero (desafinado como siempre) y mucho más allá, un auto de juguete con sirena propulsado por un globo. El cielo, clara a punto de lluvia.
Iban a refugiarse al metro.
2007-07-19

Siempre me pregunté cómo hacían para guardar esos barquitos en las botellas.
Hasta que vi la película "El buen pastor" (dirigida por Robert de Niro, protagonizada por Matt Damon) y entendí cómo está el asunto.
Le platiqué del secreto a un compañero en el trabajo y me dijo sorprendido:
"¿No lo hacen con hormigas entrenadas?"
Luego se lo platiqué a una chava, y ella dijo con desilusión:
"Siempre creí que era un ejército de hadas".
México DF, junio 2007
Ya había visto a los fakires en el metro.
Pero esta vez fue una experiencia mucho más allá.
Sus cuerpos estaban llenos de cicatrices, de todos los tamaños y antigüedades, desde el queloide aberrante hasta la cortadura supurando en vivo, que atemorizaba a todo aquel junto a quien pasaba y que ahí mismo se hacía más grande, mientras el chavo trataba de quebrar, con su codo desnudo, una botellita de Coca-Cola envuelta en su playera.
Lo más impresionante del espectáculo fue el hedor rancio que emanaba de sus cuerpos, atravezando todo el vagón, superando cualquier destreza, cualquier herida sangrante, cualquier amenza a la salud.
México DF, junio 2007

En el consultorio, mientras la doctora me entrevistaba, mis ojos se entretenían todo el tiempo con un objeto verde y dorado sobre la pared. Así fue durante las 3 primeras sesiones. Siempre que yo hablaba lo hacía repartiendo mi mirada entre ella y el objeto.
En la 4ta visita, cuando ella se levantó a buscar mis pastillas, advertí que se trataba de un cartel de metal verde, con letras doradas, sólidas, contundentes, que rezaba: "1ra vez: 300$, 2da vez: 250$"












