
Una tenía más o menos 1.80 m de altura. Estaba guapísima. Toda vestida de indumentaria deportiva corría sobre la caminadora.
A su lado había otra chica que ella no conocía, mucho más bajita y no tan afortunada en su belleza, vistiendo unos shorts que no la favorecían. También corría sobre una cinta.
En un momento, la más bajita perdió pie. Ruidosamente se tropezó varias veces pero se resistía a caerse. La alta se puso a contemplarla. Estaba a punto de apretar el botón de ‘stop’ de su vecina, pero la detenían una mezcla de diversión (su sonrisa a flor de piel) y compasión (quizá la humillaba si apretaba el botón: tanta energía le estaba poniendo la pobre a sostenerse en pie...).
Entonces la bajita cayó. Y la cinta la echó fuera.
El entrenador vino corriendo y la ayudó a levantarse. Mientras lo hacía, el entrenador miró a la vecina, como preguntándole qué había sucedido. La alta le dijo: “no sé qué le pasó, pobrecita”, mientras hacía una mueca extrañísima que a duras penas podía esconder su gozo.
Gimnasio Condesa, México DF, marzo 2006
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